domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Apoyar o no las reformas a la educación?

Orrego, Claudio
Martes 23 de Noviembre de 2010

Los anuncios del Gobierno en el tema educacional requieren un profundo análisis, mucho debate y gran generosidad. Nadie puede restarse a priori a una reforma tan trascendente como ésta. No hay nada más importante para el futuro de Chile, tanto en términos de desarrollo económico como de justicia social, que hacer cambios profundos a la calidad de la educación. Por eso, más allá de cálculos políticos o posturas preconcebidas, creo un deber patriótico aportar críticamente a este debate.

Dicho claramente lo anterior, corresponde analizar el detalle de los anuncios. Todos sabemos que el camino al infierno está pavimentado de buenas ideas e intenciones. Aquí no basta con querer mejorar la educación; hay que demostrar que las medidas realmente lo logran. Por eso la letra chica es tan importante. Ahí se juega todo. Igualmente, no basta con anunciar buenas medidas: deben ser aprobadas y adecuadamente implementadas.

En este plano valga la primera advertencia. La soberbia y el exceso de retórica nunca han sido buenos compañeros de los consensos que todas las grandes reformas de Estado requieren. Convocar a un grupo de ex ministros de Educación para luego decirles en su cara que en los últimos 20 años no se hizo nada, no es ni cortés ni inteligente. De igual manera, hablar de “revolución inédita” al mencionar la profundización de una serie de medidas ya existentes y otros cambios importantes pero no copernicanos, no deja de ser un uso extremo de la retórica. En éste, como en otros ámbitos, no por mucho madrugar se amanece más temprano. Si el Ejecutivo quiere aprobar estas reformas, debe quitarle la urgencia al proyecto y sentarse a negociar con la oposición.

En términos de contenido, si bien todavía existen muchas incógnitas (cuánto costará, quién fiscalizará los recursos, cómo se aplicará a colegios públicos y subvencionados, etc.), lo cierto es que sí se aborda uno de los temas más trascendentes, como es el Estatuto Docente. Especial mención merecen las medidas para incentivar el retiro voluntario, la elección por concurso de los directores, la posibilidad de éstos de elegir sus equipos, el aumento de remuneración de los mejor evaluados y la posibilidad de remover un porcentaje de los peor evaluados.

¿Qué temas están ausentes? Primero que nada, el cambio del sistema de subvención por asistencia a uno por matrícula, dando estabilidad a los ingresos e incentivos adicionales por asistencia. También se requiere aumentar la subvención (“de emergencia”) para aquellos niños que tienen serios trastornos del aprendizaje, de personalidad o incluso de salud mental. Otro tema ausente es el fortalecimiento —en serio— de la educación técnico profesional, a la cual asiste el 40% más pobre de los alumnos. Finalmente, creo que hay que estudiar el congelamiento de nuevos colegios particulares subvencionados mientras las medidas de fortalecimiento de la educación pública no estén plenamente implementadas.

Si a todo lo anterior agregamos el término de los semáforos, que estigmatizan la educación pública, y de la selección absoluta en los liceos de excelencia, podremos avanzar en acuerdos sustanciales para una reforma que, o es de Estado o simplemente no será. Las nuevas generaciones no nos perdonarían no contribuir para hacer de la educación chilena una de las mejores del mundo y un verdadero vehículo de promoción social. Para lograrlo, se requiere generosidad de la oposición y voluntad seria de diálogo y acuerdo del Gobierno. Sin esos componentes, no lograremos salir de la trinchera.

El inconsciente de la historia

Joignant, Alfredo
Lunes 13 de Diciembre de 2010

Hace tres meses, Bernardino Bravo Lira fue galardonado con el Premio Nacional de Historia. Si de este premio y de las reacciones críticas que provocó por parte de los historiadores no se supo mucho, ello se debió a la alucinación producida por el proceso de rescate de los mineros y a las peripecias de la huelga de hambre de los comuneros mapuche, en el umbral —además— de las celebraciones del bicentenario. Agotados los efectos del narcótico —ese “natural excesivo”, como definía Baudelaire al hachís—, conviene retomar la discusión de este galardón y de quien fuese reconocido como merecedor del mismo, y provocar en serio la controversia sobre los premios nacionales.

Historiador del derecho y de la codificación, así como de la idea de tradición subyacente a las leyes, la doctrina y la puesta en forma legal de las cosas, Bravo Lira es también la expresión aparentemente erudita de la historiografía conservadora chilena. En regla general, esto podría ser una buena carta de presentación para quien es candidato a un galardón, pero eso deja de ser cierto en este caso: el premio concedido a Bravo Lira es sorprendente, al filo de lo inverosímil.

No pretendo ofender a este historiador con este juicio, y tampoco al recordar su pinochetismo de ayer reconvertido hoy en conservadurismo de buen tono, que lo llevó a solicitar en textos de historia de los 80 al viejo demonio de la relativización de las aberraciones de la dictadura ante lo que él consideraba una forma de degeneración moral que embargó a Chile entre 1964 y 1973: desde el declinante imperio del derecho y de la ley hasta la inmoralidad rampante, observable en la masiva distribución de anticonceptivos y en la generalización de prácticas abortivas que supusieron que en menos de una década “alrededor de una décima parte de la población no haya nacido”. Es cierto: el pinochetismo no constituye una buena razón para criticar una obra intelectual, aunque nadie puede escapar a la crítica política cuando se abusa de los recursos del historiador. Después de todo, un gran historiador, como Pierre Chaunu, quien se sitúa en la extrema frontera de la derecha intelectual francesa, es digno de lectura y de elogio. Tampoco deseo estigmatizar al galardonado, a quien no conozco, sino iniciar la crítica intelectual a su obra, en la que no se aprecian ni contribuciones metodológicas (salvo una cierta pasión por la exégesis), ni usos de historiadores que hayan incursionado en los mismos temas en otras latitudes, ni menos distinciones entre historia, tiempo y memoria, y definitivamente nada acerca de lo que es propio de la descripción y de la explicación. Pocas razones, entonces, para ser consagrado por un premio de esta magnitud.

Son precisamente estos vacíos, productores de un inconsciente de la historia, los que hicieron posible esa extraña manera de invocar por parte de Bravo Lira un fantasmal espíritu portaliano en tiempos difíciles, con el fin de justificar la necesidad de un “gobierno fuerte” entre 1973 y 1990. ¿Cómo explicar, entonces, este curioso premio? Probablemente como resultado de arreglos políticos entre los miembros de un jurado que carece de idoneidad para juzgar. Este asunto no es nuevo: hace años que se arrastran las polémicas acerca de los premios nacionales en distintas áreas y disciplinas, y llegó el momento de las reformas. Si se trata de juzgar el mérito de una obra intelectual, es chocante que un rector de universidad y un ministro de Educación sean partícipes de la decisión, puesto que existe una alta probabilidad de que sepan menos que un transeúnte acerca de lo que hacer ciencia, matemáticas o literatura quiere decir. Existen innumerables fórmulas, pero una dimensión debe ser siempre preservada: la rotación de los miembros de un jurado competente, en el que ojalá participen los premios nacionales de tal o cual disciplina en los últimos 10 años.

sábado, 28 de febrero de 2009

Empleo (y desempleo): historia conocida

Desde 2005 he escrito en seis ocasiones columnas sobre el mercado del trabajo. Porque pocos temas son más relevantes y porque los problemas de este mercado y las políticas para resolverlos son ampliamente (y desde hace mucho tiempo) conocidos.
Hoy el INE entregó las cifras para el primer mes del año: 580 mil desocupados (8% de los que participan en el mercado laboral). Esto es 65 mil personas más que en igual periodo del año pasado (y casi 300 mil personas adicionales sin ingreso, si consideramos que el hogar promedio tiene más de 4 integrantes en los deciles más pobres). Pero es sólo el comienzo, porque si algo sabemos, es que con la crisis el desempleo aumentará.
Y como una imagen vale más que muchas palabras, vea la figura siguiente (con datos de desempleo para el Gran Santiago desde enero 1993 hasta enero 2009). Esta ilustra las tres preguntas principales que debemos responder sobre nuestro mercado laboral: (1) por qué aumentó tanto el desempleo con la crisis asiática (o por qué aumenta tanto el desempleo durante las crisis), (2) por qué tardó tanto en volver a su nivel de largo plazo, y (3) por qué este nivel es hoy dos puntos porcentuales más alto que en 1998 (pre crisis asiática). Además, un defecto de larga data: nuestra tasa de participación femenina es una de las más bajas entre países con ingreso similar, superando apenas el 41%.

Las encuestas de empleo de la Universidad de Chile y del INE reportan, por razones metodológicas, tasas de desempleo distintas durante las crisis. Con el aumento de los trabajos informales, la Chile registra un incremento mayor en el desempleo que el INE. Por ejemplo, cuando comenzó la crisis asiática, y partiendo desde una tasa cercana a 6%, el INE reportó un 12% de desempleo para la región metropolitana en 1999; la medición de la Chile superó el 15%. Irónicamente, recién este año, cuando comienza una nueva crisis, ambas encuestas volvieron a igualarse, pero en torno a 8%. Esto sugiere que el mercado laboral tardó una década en estabilizarse, y lo hizo casi 200 mil desempleados sobre el nivel pre-crisis asiática. Y desde septiembre pasado, la separación entre ambas mediciones reapareció. Con todo, si desde 1998 el empleo hubiese mantenido su contribución histórica, Chile habría crecido cada año 1,6 puntos porcentuales más.
La solución a estos problemas exige medidas estructurales. En particular, se debe proteger el ingreso laboral, pero sin impedir el necesario flujo de trabajadores entre empresas. Así, se combina flexibilidad laboral y al mismo tiempo se protege el consumo. También debemos facilitar el empleo a tiempo parcial para permitir la incorporación permanente de más mujeres y jóvenes al mercado laboral. Pero el principal instrumento de política actual - las indemnizaciones por años de servicio - no permite esta movilidad. Tampoco protege a los actuales trabajadores, pues sólo 6% de los que deberían recibirlo lo hacen. Es el seguro de cesantía lo que debe ser potenciado, tarea que ha sido parcialmente asumida durante los últimos meses. Con respecto a la reducción de las indemnizaciones, el vocero todavía no se pronuncia.

Mi papá

Tata Lucho

Robinson en Red