domingo, 26 de diciembre de 2010

El inconsciente de la historia

Joignant, Alfredo
Lunes 13 de Diciembre de 2010

Hace tres meses, Bernardino Bravo Lira fue galardonado con el Premio Nacional de Historia. Si de este premio y de las reacciones críticas que provocó por parte de los historiadores no se supo mucho, ello se debió a la alucinación producida por el proceso de rescate de los mineros y a las peripecias de la huelga de hambre de los comuneros mapuche, en el umbral —además— de las celebraciones del bicentenario. Agotados los efectos del narcótico —ese “natural excesivo”, como definía Baudelaire al hachís—, conviene retomar la discusión de este galardón y de quien fuese reconocido como merecedor del mismo, y provocar en serio la controversia sobre los premios nacionales.

Historiador del derecho y de la codificación, así como de la idea de tradición subyacente a las leyes, la doctrina y la puesta en forma legal de las cosas, Bravo Lira es también la expresión aparentemente erudita de la historiografía conservadora chilena. En regla general, esto podría ser una buena carta de presentación para quien es candidato a un galardón, pero eso deja de ser cierto en este caso: el premio concedido a Bravo Lira es sorprendente, al filo de lo inverosímil.

No pretendo ofender a este historiador con este juicio, y tampoco al recordar su pinochetismo de ayer reconvertido hoy en conservadurismo de buen tono, que lo llevó a solicitar en textos de historia de los 80 al viejo demonio de la relativización de las aberraciones de la dictadura ante lo que él consideraba una forma de degeneración moral que embargó a Chile entre 1964 y 1973: desde el declinante imperio del derecho y de la ley hasta la inmoralidad rampante, observable en la masiva distribución de anticonceptivos y en la generalización de prácticas abortivas que supusieron que en menos de una década “alrededor de una décima parte de la población no haya nacido”. Es cierto: el pinochetismo no constituye una buena razón para criticar una obra intelectual, aunque nadie puede escapar a la crítica política cuando se abusa de los recursos del historiador. Después de todo, un gran historiador, como Pierre Chaunu, quien se sitúa en la extrema frontera de la derecha intelectual francesa, es digno de lectura y de elogio. Tampoco deseo estigmatizar al galardonado, a quien no conozco, sino iniciar la crítica intelectual a su obra, en la que no se aprecian ni contribuciones metodológicas (salvo una cierta pasión por la exégesis), ni usos de historiadores que hayan incursionado en los mismos temas en otras latitudes, ni menos distinciones entre historia, tiempo y memoria, y definitivamente nada acerca de lo que es propio de la descripción y de la explicación. Pocas razones, entonces, para ser consagrado por un premio de esta magnitud.

Son precisamente estos vacíos, productores de un inconsciente de la historia, los que hicieron posible esa extraña manera de invocar por parte de Bravo Lira un fantasmal espíritu portaliano en tiempos difíciles, con el fin de justificar la necesidad de un “gobierno fuerte” entre 1973 y 1990. ¿Cómo explicar, entonces, este curioso premio? Probablemente como resultado de arreglos políticos entre los miembros de un jurado que carece de idoneidad para juzgar. Este asunto no es nuevo: hace años que se arrastran las polémicas acerca de los premios nacionales en distintas áreas y disciplinas, y llegó el momento de las reformas. Si se trata de juzgar el mérito de una obra intelectual, es chocante que un rector de universidad y un ministro de Educación sean partícipes de la decisión, puesto que existe una alta probabilidad de que sepan menos que un transeúnte acerca de lo que hacer ciencia, matemáticas o literatura quiere decir. Existen innumerables fórmulas, pero una dimensión debe ser siempre preservada: la rotación de los miembros de un jurado competente, en el que ojalá participen los premios nacionales de tal o cual disciplina en los últimos 10 años.

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